Los retos de una economía digital en los márgenes
Oscar Javier Maldonado Castañeda l Mayo 2026
Este artículo fue publicado por La Silla Vacia. Para acceder a la publicación original hacer clic aquí
La economía digital sigue su proceso de expansión en Colombia, desde billeteras digitales hasta plataformas de transporte, reparto, y servicios. Más recientemente se ha abierto una nueva frontera de desarrollo alrededor de la inteligencia artificial (IA) y la búsqueda de recursos financieros y energéticos para alimentar sus centros de datos. Sin embargo, más allá del entusiasmo y el afán por no quedar rezagados, es importante preguntarnos cuál es la posición de un país de ingreso medio como Colombia en esta carrera global y qué tipo de trabajos está generando en el país.
Investigaciones recientes nos muestran un panorama inquietante. La expansión de las plataformas no ha significado, por sí sola, mejores empleos. Más bien, ha tendido a reciclar viejas desigualdades del mercado laboral colombiano bajo una estética nueva: la app reemplaza al patrón visible, el algoritmo reemplaza al supervisor y la flexibilidad reemplaza, en el lenguaje empresarial, cualquier obligación duradera con quienes hacen funcionar el negocio. Ese dato importa especialmente en un país donde la informalidad llega casi al 60% del empleo total, la desigualdad sigue entre las más altas de la región y el trabajo precario es, para millones, menos una excepción que una condición estructural. En ese contexto, las plataformas han florecido no porque hayan resuelto los problemas del mercado laboral, sino precisamente porque aprendieron a operar sobre ellos. Su éxito depende, en buena medida, de una masa de trabajadores disponibles, urgidos de ingreso, dispuestos a asumir riesgos y costos que antes corresponderían al empleador.
Eso se ve con claridad en los sectores más visibles de la economía de plataformas: domicilios y transporte. Allí, miles de repartidores y conductores sostienen un sistema que se vende como eficiente y conveniente para consumidores urbanos, pero que funciona trasladando al trabajador el costo del vehículo, el combustible, el mantenimiento, el celular, el plan de datos, los accidentes, el tiempo muerto y la incertidumbre. La idea de que estas personas son simplemente socios independientes o emprendedores se desmorona frente a la experiencia cotidiana que describen: jornadas extensas, dependencia de incentivos poco transparentes, bloqueos arbitrarios, canales de atención insuficientes y una vigilancia constante mediada por puntajes, rankings y penalizaciones.
Aquí está uno de los hallazgos centrales sobre condiciones de trabajo: la supuesta autonomía es, muchas veces, una autonomía de papel. Sí, el trabajador puede conectarse y desconectarse, pero esa libertad está condicionada por reglas que no controla. Los algoritmos asignan pedidos, premian ciertos comportamientos, castigan otros, modifican tarifas y pueden expulsar a alguien de la plataforma sin un debido proceso claro. La subordinación no desaparece; se vuelve opaca. Ya no llega en forma de jefe directo, sino de sistema automatizado.
En el caso del microtrabajo digital y el trabajo de datos, la situación es incluso más invisible. Mientras el furor global por la inteligencia artificial promete prosperidad y transformación tecnológica, miles de personas realizan tareas fragmentadas de etiquetado, transcripción, clasificación de contenido o moderación para entrenar algoritmos. Son labores esenciales para la economía de la IA, pero mal pagadas, inestables y casi completamente desprotegidas. Se paga por unidad, no por tiempo real trabajado; no hay prestaciones; la vigilancia algorítmica es intensa; y la sensación de reemplazo permanente profundiza la vulnerabilidad. El futuro tecnológico, en otras palabras, se está construyendo sobre formas muy viejas de precariedad.
El trabajo doméstico mediado por plataformas ofrece un contraste importante. A diferencia de otros sectores, algunas apps de limpieza y cuidado han contribuido a cierto grado de formalización: contratos escritos, pagos más regulares, aportes a seguridad social y licencias. En un sector históricamente marcado por la informalidad extrema, esto no es menor. Pero tampoco conviene idealizarlo. Las trabajadoras, en su mayoría mujeres, siguen cargando con desplazamientos largos, pagos por horas o por días, sistemas de calificación que aumentan la presión emocional y una relación profundamente asimétrica con los hogares contratantes y con la plataforma misma. Formalizar parcialmente no equivale a garantizar bienestar.
Una lectura seria de la economía digital en Colombia exige mirar sus desigualdades con lente interseccional. Las mujeres enfrentan barreras específicas, sobre todo en trabajo doméstico y de cuidado, donde confluyen informalidad, discriminación histórica y sobrecarga de tareas de cuidado no remuneradas. Las personas migrantes, especialmente venezolanas, han encontrado en las plataformas una de las pocas puertas de entrada al ingreso, pero también una ruta acelerada hacia la explotación: mayores riesgos de abuso, xenofobia, violencia y menor capacidad de denuncia. Las diversidades sexuales y de género también pueden enfrentar discriminación de clientes y plataformas diseñadas sin reconocer plenamente identidades no normativas. La promesa de neutralidad tecnológica se rompe cuando se observa quiénes quedan más expuestos.
A esto se suma otro problema menos visible, pero decisivo: la dependencia tecnológica. Colombia consume plataformas, aporta mano de obra y genera datos, pero no controla la infraestructura central que organiza este mercado. Los algoritmos, la ingeniería de alto nivel, la propiedad intelectual y buena parte del valor agregado permanecen fuera del país. Incluso en los casos que se presentan como éxitos regionales, la dependencia del capital internacional y de infraestructuras extranjeras es profunda. Dicho de forma cruda: aquí ponemos el cuerpo, el tiempo y los datos; afuera se captura gran parte del valor.
Esta dependencia no es solo un problema de soberanía tecnológica. También afecta las condiciones de trabajo. Si el centro de operación está en otra parte del mundo, auditar decisiones algorítmicas, exigir transparencia o modificar lógicas de gestión laboral se vuelve más difícil. Las sucursales locales suelen operar como intermediarias logísticas, no como centros reales de innovación. Eso limita la capacidad del Estado y de los trabajadores para incidir sobre el corazón del modelo de negocio.
La economía digital seguirá su proceso de expansión y consolidación en los próximos años, sin embargo su permanencia no debería obligarnos a aceptar que el futuro del trabajo sea una versión tecnificada de la desprotección. Si algo muestran los hallazgos sobre condiciones laborales en Colombia es que la innovación, por sí sola, no corrige la desigualdad: puede incluso profundizarla. La discusión urgente no es cómo expandir plataformas y nuevas tecnologías a cualquier costo, sino cómo evitar que el país siga construyendo su modernización sobre los márgenes.